GERENCIA vs SINDICATOS: ¿Quién es el malo de la película?

 

GERENCIA vs SINDICATOS: ¿Quién es el malo de la película?
Beatriz M. Lorca

              Aprovechando que este mes lo dedicamos al análisis del primer año de nuevo gobierno en la UGR, quería dedicarle un pequeño, que no menos enjundioso, apartado al dúo gerencia-sindicatos. Podríamos denominarlo “la extraña pareja”, aunque todavía ignoro quién podría hacer el papel de Walter Matthau y quién de Jack Lemmon. Pero está claro que la convivencia siempre es complicada y más aún cuando cada uno de ellos, arrastra un legado diametralmente opuesto.

               A grandes rasgos, podría parecer que por un lado, la gerencia defiende la institución y por el otro, los sindicatos defienden a la plantilla. Esto no implica que a gerencia le importe un carajo el personal, ni que a los sindicatos les dé exactamente igual la institución (me consta que no es así). De hecho, debería ser un tándem institución-personal el que avanzara integrado hacia objetivos comunes.

             Si nos ponemos en el lugar del sindicato (en mi caso es fácil), tenemos el hándicap de la diversidad de colectivos, con inquietudes y necesidades distintas, por lo que se hace tarea difícil, casi imposible, contentar a todo el mundo. A veces, nuestra labor de apoyo y defensa de los trabajadores y las trabajadoras de esta universidad resulta un tanto amarga, en tanto en cuanto el resultado no es siempre satisfactorio para todos los colectivos implicados. Esto me recuerda la característica principal de la negociación integrativa: existe un buen acuerdo si ambas partes ganan. En este caso, no solo negociamos con una sola parte, debemos también mantener diálogos en abanico y llegar a un unísono compás que acabe convertido en dulce melodía para la gerencia; lo que yo he dicho: una tarea “casi imposible”. Pero lo intentamos día tras día, con ahínco además, aunque no siempre lo consigamos.

            Si nos ponemos en el lugar de la gerencia, debo decir que no me gustaría estar en su pellejo. Teniendo en cuenta el panorama económico que existe ahora mismo en nuestro país, es de pura lógica pensar que hay que ser, como mínimo, un malabarista de las cifras para no caer en quiebra. En ese sentido, la gerencia se posiciona en un lugar muy desagradecido del organigrama universitario. ¿Cómo consiguen que la institución se sustente y que, además, la plantilla y el resto de usuarios (estudiantes, proveedores, empresas externas) estén contentos?      

             No existe método, simplemente no lo consiguen.

            Intentan sacar el máximo partido de los Recursos Humanos que tiene la institución y para ello aprovechan los mecanismos que les brindan las leyes. Hasta ahí, todo perfecto. Pero esta situación tiene un pequeño resquebrajo: las leyes no son infalibles y lo que es legal, no siempre va a favor de la calidad del Servicio ni cuenta con el beneplácito de la plantilla. Cuando aun aplicando las normas, se mezclan compromisos políticos y personales, cuestiones históricas y otros tantos factores más, lo único que se genera es desconcierto y desconfianza.

               Bajo mi punto de vista, existen dos problemas muy sencillos: no hay dinero y somos humanos. Si hubiera caldo para toda la plantilla, sería estupendo. El problema aparece cuando las cucharadas que se reparten no son las mismas para todo el mundo. Y ahí empieza el dilema: “Fulano” porque ha hecho muchos cursos y quiere que se los valoren; “mengana” porque tiene mucha experiencia laboral y cree que es más válida que cualquier otra persona; “zutana” que es muy espabilada y simplemente piensa que se lo merece… Incluso está el que cree que por tener cierta amistad con algún cargo (sea de la naturaleza que sea) va a estar más capacitado por el simple hecho de ser “persona de confianza”.

                  Todos y cada uno de nosotros caemos en la cultura del ombligo y, sin darnos cuenta, velamos por nuestros intereses exclusivos y personales: eso es incompatible con la forma de trabajar tanto de los sindicatos como de la gerencia.

           Debemos asumir que el buen funcionamiento de esta universidad depende de todos nuestros ombligos y estoy convencida de que si logramos trabajar basándonos en dos pilares fundamentales -la objetividad y el bien común-, el dúo gerencia-sindicatos llegará a congeniar, tal y como ocurre al final  de “La extraña pareja” con Lemmon y Matthau.

 

 

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