EL LLANTO DE LA CIENCIA

 

EL LLANTO DE LA CIENCIA
El sindicalista romántico

 –Hola. ¡No veas lo difícil que es dar contigo! Creía que te ibas a marchar sin despedirte, a tu estilo. –Silvia entró cerrando la puerta del despacho de su compañera a su espalda. Ana le cayó bien desde el primer día que apareció por el Departamento de Biología General tres años atrás, vino de Holanda para participar en un proyecto europeo. Su nueva compañera se instaló en el despacho de al lado y un huracán de ideas frescas y ganas de progresar empujó a todo el grupo de investigación, a ella en particular. Se habían hecho buenas amigas aunque era reservada, en ocasiones cortante, muy suya, como le decía cuando perseguía una idea contra viento y marea, a veces contra las indicaciones del investigador jefe del proyecto que le pagaba–. ¡Joder Ana, mírame!

Paró de meter cosas en una caja blanca sobre su mesa y se dio la vuelta cabizbaja con las mejillas bañadas en lágrimas.

– ¡La primera vez que te veo llorar! –Silvia se acercó y la abrazó con fuerza, Ana se derrumbó en sus brazos.

– Llevas razón, nunca lloro, no soy de esas… –dijo secándose las lágrimas con la manga del jersey–, pero hoy estoy de bajón, un bajón de los buenos –suspiró soltando tensión y tragó saliva–. ¡Joder, es que no quiero irme otra vez! Estoy harta de andar de un lado a otro. Hice la tesis en Barcelona y un “postdoc” en Londres, y luego otro “postdoc” en Ámsterdam, y por fin conseguí venir a España; no a mi ciudad, cierto, pero cerca, y ahora me toca hacer las putas maletas de nuevo, a Berlín. ¡Se me va a quemar la cara con el sol de Berlín! ¡Es como irse a vivir a una nevera! –Tiró con rabia una libreta vieja a la papelera–. Ni una plaza de ayudante doctor en nuestra área en toda España, ni un contrato en el CSIC, ni empresas que quieran a alguien como yo. ¡Vaya mierda!

Silvia se encogió de hombros sin abrir la boca, ya había asistido a escenas parecidas con otras compañeras. La miseria de la ciencia española es esto: un rosario de esperanzas frustradas, resignación y miles de jóvenes de talento excepcional que le ponen cara a la emigración de nuestro tiempo. Ella lo había sufrido en su propia carne, había ido de un sitio para otro como Ana, pero cuatro años atrás había tenido la suerte de estar en el andén cuando pasó el tren en forma de contrato de ayudante doctor. Conocía bien el sabor amargo de las lágrimas que resbalaban por el rostro de su amiga.   

Ana se recompuso y siguió recogiendo despacio. Cada pequeño objeto guardaba una historia: los dos cactus holandeses que sobrevivieron en el alfeizar de la ventana los periodos de sequía que coincidieron con las épocas de más trabajo; unas cuantas fotos con amigos de grupos de investigación previos en ciudades que visitó en sus congresos; sus padres, su hermano y sus dos sobrinos en una cena de Navidad; post-it amarillos con tareas que nunca terminó y se fueron pegando de un sitio a otro... Dedicó un rato a saborear aquellos momentos que le parecían lo único de valor de sus mejores años. Silvia, emocionada, ahogaba sollozos mientras su compañera le arrancaba el alma a un despacho que, privado de color, dejaba asomar poco a poco su fría cara de madera vieja y metal.

– ¿Has terminado?

– Creo que sí –replicó Ana revisando la caja–. Ese lapicero estaba ahí cuando llegué –apuntó señalándolo– y ese marco de fotos también. Si dejo algo me lo guardas hasta la próxima, total nada de lo que tengo es como para robarlo.

– Anda vamos a la cafetería –Silvia le pasó el brazo por los hombros–. Invito yo. Cuando vuelvas para quedarte invitarás tú –agregó sonriendo–.

Antes de cerrar Ana volvió la cabeza y los tres años de estancia pasaron como una exhalación por delante. Los primeros meses de estudio para ponerse al día en el tema de investigación del grupo que la acogía fueron duros, ninguna jornada bajó de doce horas porque quería ser una más, aportando desde el principio. Luego, cuando el investigador principal cayó enfermo y se echó el proyecto a la espalda, trabajó como una mula: ayudó a todo el equipo en sus tareas y motivó a compañeros cargados de docencia que llegaban justos de fuerzas e ilusión. No se guardaba nada. Por la noche, en casa, aguantaba los bajones como podía. Las semanas pasaban y veía acercarse el día en que tendría que guardar sus papers y su fe en la Ciencia junto a un par de cactus moribundos para emigrar.

Levantó la mirada y vio a través de la ventana a una chica de su edad leyendo en un pequeño despacho dentro de un laboratorio. En la distancia, desde el edificio de enfrente, había sido su compañera de despacho aunque no la conocía en persona. Llegaba a la vez que ella y se marchaba siempre de noche, cuando ya no quedaba nadie en su planta. Habían cruzado la mirada muchas veces y en un par de ocasiones se saludaron con la mano, sonriendo, compartiendo un destino común sin cruzar palabra, sin poder susurrar el nombre de su alma gemela. La iba a echar de menos. Su delgada silueta recortando la luz plateada del laboratorio era dulce compañía en las oscuras tardes de invierno. 

                                                  *  *  *

– Han hecho lo que han podido, me consta. El director del departamento ha hablado hasta con el Rector y el director del proyecto ha llamado a todos sus amigos de fuera de la Universidad, pero ya sabes: la crisis. Llevo meses mirando lo que sale y nada. Al menos en el extranjero sí hay gente que me quiere. Me he decido por Berlín por el sueldo y el aeropuerto, es muy grande y seguro que encuentro vuelos baratos para venir a casa.

Silvia removía el café sin apartar la mirada.

– Seguro que cobras el triple que yo, ya sabes cómo pagan en Alemania –añadió para animarla.

– No es cuestión de dinero, son otras cosas. Busco estabilidad. Ya tengo treinta y siete años.

– Te entiendo, no imaginas cómo.

– Voy posponiendo todo lo importante, ¡todo! El novio que tenía en Ámsterdam me gustaba pero al venirme la relación se hizo imposible. No es fácil encontrar pareja y no pido mucho: un tío decente, limpio y que no tenga que invitarlo siempre porque no tiene un duro. Ahora que he encontrado a otro y estamos así-así me voy, y la relación se va al carajo seguro, como siempre. Y así… ¡Maldita sea, Silvia, se me va a pasar el arroz! Mi madre lo está repitiendo a todas horas. ¿Y qué hago?, tengo que ganarme el pan.

– Bueno mujer, anímate, lo mismo te va todo rodado en Berlín y la próxima vez que hablemos por Skype me cuentas que te vas a comer el mundo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Ana.

– Estoy mal. Ya sé lo que es emigrar. Te sientes tan sola… Todos te miran con recelo y eres un bicho raro donde quiera que vas. Si te pones enferma no tienes a nadie que te ampare y acabas mendigando por un poco de compañía. Si no me va bien vuelvo a España y busco trabajo en un bar, en una tienda o donde sea. Ya casi no me quedan fuerzas para empezar de nuevo.

– Ya.

– ¡Estoy cabreada con el mundo! –dijo sujetándose la cabeza con las manos, como si fuera a explotarle–. No quiero que me regalen nada, no me asusta el trabajo. Me siento estafada, como que la sociedad me debe una y no voy a poder cobrar nunca. Solo pido una oportunidad para construir un proyecto de futuro: una familia, tener hijos, lo normal.

Silvia dejó enfriar el café, no quería retirar el calor de su mirada ni un instante. Ella no era precisamente de personalidad fuerte, cuando las cosas se torcían tenía tendencia natural a la depresión, a dejarse llevar y llorar para sanar las heridas. Sin embargo, las circunstancias la colocaban siempre como la persona de referencia para tomar las decisiones, su maltrecha espalda se había convertido en un muro de carga para sostener las debilidades de otros. Sonó el timbre del whatsapp y leyó el mensaje, a su marido le habían cancelado una reunión de trabajo y llegaría antes a casa. Se le iluminó el rostro y dijo:

– Se me ocurre una idea. ¿Qué haces esta noche?

Ana se encogió de hombros, confundida. Conociendo a Silvia podía esperar cualquier cosa. A primera vista no parecía muy echada para adelante pero debajo de esa primera piel había una luchadora que no se arrugaba ante nada.

– Haré las maletas porque mi padre me recoge mañana a primera hora.

– ¡Salimos esta noche! Decidido. Le diré a mi marido que se quede con el niño y nos vamos de marcha –le propuso guiñandole el ojo–.

– ¡Estás loca! No estoy para ir a ningún sitio –respondió Ana dibujando una leve sonrisa con sabor a sal–. ¡Mira qué pinta! –explicó a su compañera cogiéndose un mechón–, se me ven las canas en las raíces del pelo. Ni me acuerdo la última vez que fui a la peluquería.

– Pues te vas ahora mismo a la peluquería y te pones guapa. Ya sabes el dicho: “cuando se cierra una puerta se abre una ventana”. Arréglate y luce el tipo, que te has pasado encerrada aquí demasiado tiempo.

– Te lo agradezco pero tienes que atender a tu familia.

– No te preocupes –interrumpió con un gesto cómplice Silvia–. ¡Que encarguen una pizza! Yo también me voy a arreglar. –Se puso las manos en las caderas mirándose la barriga–. La verdad es que ya no luzco tanto, las dos tallas que cogí en el embarazo vinieron para quedarse, pero me da igual. Por cierto, ¿te acuerdas de los dos ingleses que querían ligar con nosotras en el primer congreso que fuimos juntas?

Ana no pudo retener la carcajada.

– ¡Ja, ja! ¡Qué feos! ¡Qué pesados!

– ¡Ja, ja! –Silvia se tapó la boca con la mano para esconder las carcajadas. La miró fijamente y añadió–: ¡Venga va! Te recojo a las diez en tu casa.

Ana levantó la cabeza y suspiró.

– ¡Hasta el último día has estado a mi lado! Eres una buena persona. Gracias por tu ayuda.  

 

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