REGRESO AL FUTURO: UN BUCLE ACADÉMICO-TEMPORAL

 

REGRESO AL FUTURO: UN BUCLE ACADÉMICO-TEMPORAL

Beatriz M. Lorca

       Un alumno cualquiera de una facultad cualquiera de una titulación cualquiera. Solo destacaré que dicho alumno es de primer curso y la titulación es de ciencias. Nuestro encuentro no deja de tener un cierto regusto agridulce, ya que, aunque cursamos carreras distintas, el centro es el mismo. De repente se me agolpan numerosos recuerdos: compañeros haciendo acopio de cafés y suizos frente a una baraja de cartas, intercambio de guiños, tics e infinidad de artimañas propias del mus; gente con batas blancas y enormes libros bajo el brazo atravesando el hall de un extremo a otro; cabezas enfrascadas en apuntes que salpican salas de estudio, bancos de pasillo, incluso escaleras. Esta vez los recuerdos se centran en las largas tardes de protesta en la cafetería con mis compañeros: sobre los profesores, las asignaturas y los exámenes… Que si esta academia es mejor que aquella, que si te ciñes a leerte los apuntes de tal profe o a hacer la relación de ejercicios, fijo que apruebas, que con “la Chusky” no se bromea y con “el Jonas” no hay forma de sacar un notable.

Comienza la entrevista y me fijo en la actitud del entrevistado: tiene en la mirada esa mezcla de curiosidad e ilusión, ese fuego que la temprana edad provoca y que yo tanto envidio últimamente. Me cuenta que eligió la carrera porque la consideró la más versátil, atractiva e interesante. Lo tiene claro. Claro no, meridiano. Estudió las asignaturas meticulosamente y decidió que eran las que más le atraían. Y a la vista está que sus notas han empezado a brillar desde el primer cuatrimestre. Empezó ilusionado, con la esperanza de encontrar una universidad de calidad y excelencia, pero se encontró con diversos obstáculos. El mayor de todos ellos: la desorganización.

Como yo soy de naturaleza escéptica, le dije que me pusiera un ejemplo de lo aseverado. Me contó que la comunicación entre profesorado de la misma titulación, mismo curso y mismo grupo (y hago hincapié en esto con cierta ironía) era nula. Se había encontrado con que un mismo día tenían dos actividades prácticas a la misma hora. Eso significa que toda la clase debía renunciar a una para acudir a la otra. ¿Puede existir una situación más evidente y absurda que esta? Aclaro que ambas prácticas eran obligatorias, por supuesto. Y la cosa se convierte en aún más hilarante cuando es el Delegado de clase quien tiene que avisar a uno de los tutores para que modifiquen la fecha.

Otro gran problema que me transmite es el nivel inicial que traen los estudiantes de las enseñanzas preuniversitarias. Para contrarrestar estas carencias, existen unos cursos llamados “Cursos cero” a los que el alumnado puede acceder a través de la plataforma PRADO, pero que, según este alumno, no son suficientemente explicativos. Esto provoca que la mayoría, aunque están motivados y se esfuerzan mucho, dicho esfuerzo no se refleja en las notas. Como este “Curso cero” no cubre las necesidades reales de los estudiantes, éstos tienen que faltar a clase para ponerse al día en la materia, pero como se están perdiendo clases, siempre van arrastrando contenidos. Otros tantos faltan para acudir a las academias. Estos datos se visualizan en el nivel de absentismo que, según mi entrevistado, en una asignatura en particular han pasado de 60 alumnos que empezaron las clases a 14 que aparecen a final de cuatrimestre. Pero, como no me gusta quedarme simplemente con la queja, le pregunto con toda la intención que me proponga una posible solución a este conflicto. Y lo sigue teniendo claro: “Hacer un curso cero de verdad, que cumpla con las necesidades reales de la mayoría de estudiantes de nuevo acceso… O redefinir el nivel por el que deben empezar las titulaciones”. ¡Toma ya! La respuesta puede parecer evidente, pero a veces ni los más eruditos son capaces de llegar a conclusiones tan sencillas y rotundas.

Otra de las causas por las que el alumnado falta a clase es para poder asistir a las tutorías. No tiene mucho sentido tener que saltarte la clase de una asignatura para que un profesor o profesora te aclare dudas sobre otra asignatura.

Hasta aquí se podría abrir un profundo análisis sobre quién coordina el funcionamiento de cada curso (horarios de clases y tutorías), quién se responsabiliza de controlar las no coincidencias entre prácticas, y por supuesto, que dichas prácticas no se puedan realizar hasta que los estudiantes no adquieran un nivel teórico adecuado (que también ocurre el tener que realizar prácticas en el primer cuatrimestre sin base teórica). Se podría abrir un gran debate, pero ahí lo dejo. Prefiero continuar con la conversación estudiantil.

A colación del alto nivel de absentismo, me asaltó la pregunta sobre cómo se controla la asistencia que exigen los nuevos planes de Grado. Su respuesta fue inmediata: “No se pasa lista en ninguna asignatura”. Yo no considero que el profesorado deba invertir tiempo de docencia en esta tarea y se supone que el alumnado universitario ya es responsable de sus obligaciones.

También me contó algunas anécdotas que, desgraciadamente me eran familiares:

Un profesor convoca unas prácticas con pocas horas de antelación y por e-mail. Muchos estudiantes, lógicamente, ni se enteran. El Delegado de clase es quien media para que el profesor cambie la fecha de comienzo y lo comunique con mayor antelación.

Medidas de seguridad que no se cumplen en los laboratorios, prácticas que requieren conocimientos de Excel que muchos estudiantes no tienen, profesorado con el que es casi imposible hablar porque llevan veinte cosas a la vez: que si una tesis, un Máster, unos créditos en tal centro y prácticas en el otro…

Hasta aquí nada nuevo desde el año 93, cuando comencé mis estudios en esta universidad, quizá que los problemas organizativos se trasladan también a las nuevas tecnologías. Lo cual me provoca una cuestión explícita: ¿qué ha cambiado realmente en la transición desde antiguas titulaciones a los Grados?

Solo hay una cuestión que sí deja patente las carencias a nivel de personal que sufre esta universidad y que, como miembro de un sindicato de clase, reclamo y defiendo:

Un profesor que desde el primer día de clase se encuentra de baja. Acude otro compañero del departamento, quien se encarga de transmitir a los estudiantes que durante dos semanas no van a tener clase de esa asignatura porque tienen que buscar sustituta/o. Tras las dos semanas, todavía no tienen a nadie, y durante el mes y medio posterior (casi la mitad del cuatrimestre) se intercalan tres personas distintas del departamento hasta la incorporación del sustituto, con la consiguiente descoordinación y confusión del alumnado.

Este suceso, bajo mi punto de vista, es una situación intolerable que erosiona el sistema educativo universitario y lo debilita.

Quise terminar la conversación invitándole a decirme algo positivo de la universidad y su respuesta vino a corroborar mi reivindicación: “Hay profesores muy cualificados…pero también muy desaprovechados”. Quizá aquí sí me gustaría abrir ese melón del profesorado sustituto interino, pre-doctoral, ayudante doctor y todo aquel PDI que sufre contratos precarios.

Por supuesto también me indicó la diversidad de actividades que desarrolla la UGR para el alumnado fuera del propio horario lectivo: actividades culturales, científicas, etc… todas ellas de una gran calidad. Pero a fin de cuentas, su resumen fue el sentimiento de decepción hacia el sistema universitario y que, así mismo, tenía la sensación de no ser escuchado. Reivindicó la inexistencia de comunicación entre el alumno y los órganos de gobierno del propio centro, lo cual le producía cierta indefensión.

Si bien es cierto que solo es un alumno cualquiera de una titulación cualquiera, también es cierto que su situación es extrapolable a cualquier otra carrera y a cualquier curso académico. No solo se merece todos mis respetos, sino además mi confianza en que no es el único que opina así y creo que no deberíamos perder de vista las carencias que sigue teniendo la universidad en estos aspectos, bajo mi punto de vista, indispensables para la sempiterna existencia de esta solemne institución.

Pero no debemos olvidar el otro lado de este escenario, donde se encuentran nuestros compañeros y compañeras del PDI. Quienes tienen la fortuna de ser funcionarios, siguen siendo el único personal de la Administración que desarrolla dos trabajos: el docente y el investigador. Amén de las diferencias, por ejemplo, entre personal de la UGR y personal del CSIC, éstos últimos evaluados con los mismos parámetros y compitiendo en las mismas convocatorias, pero con la gran diferencia de que suelen tener más medios y no tienen que impartir docencia. El PDI de la universidad, además de tener que desarrollar el trabajo docente, debe coordinar trabajos de fin de Grado y Máster, que nadie valora aunque su dedicación en horas sea brutal. Todo esto sin considerar, además, que aquel profesorado que elabora y coordina el “curso cero”, lo hace de manera altruista, ya que no se refleja en el Plan de Ordenación Docente.

¿Y el Gobierno de España? No publica un estatuto del PDI donde se defina su carrera profesional.

¿Y las acreditaciones cuyos requisitos son cada vez más duros? Deben ser superhombres y supermujeres, sin vida personal, capaces de asumir dos trabajos y una vida familiar (otro melón abierto: el de la conciliación).

¿Y la burocracia que los agota y consume? Aquí más de uno se lleva las manos a la cabeza y no dice nada…

Sea como sea, lo que está claro es que todavía queda un largo camino por recorrer para llegar a la deseable “Excelencia” de la que tanto presumimos y que el alumnado de esta universidad se merece.

 

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