UN DÍA EN LA VIDA DE OLGA DÍAZ

 

UN DÍA EN LA VIDA DE OLGA DÍAZ

El sindicalista romántico

 

Foto web UGR

        Olga Díaz empezó el día con mal pie. A pesar de levantarse a las seis y media de la mañana para poner en marcha a su familia le faltó tiempo. Un pequeño accidente le hizo perder veinte valiosos minutos a la salida de la guardería de sus hijos. A las nueve y cinco minutos el aparcamiento de la Facultad de Ciencias ya estaba lleno. Esperó unos minutos con desesperación, nadie salió. –A pagar al parking privado otra vez– suspiró resignada. Más de media hora después encendió su ordenador en un pequeño despacho del departamento de Biología General.

–Otra vez dando viajes al aparcamiento hasta que descubra un hueco, no puedo permitirme pagar un día completo de parking, el sueldo de contratado doctor no da para mucho –refunfuñó mientras revisaba los papeles de la cartera. Se recostó en el asiento y siguió dándole vueltas a la cabeza–. Espero que las gestiones de los sindicatos tengan su fruto y nos paguen los quinquenios y sexenios, como en otras comunidades autónomas. Hace unos años no suponía tanto pero ya tengo tres quinquenios y dos sexenios. Madre mía… ¡seiscientos euros al mes! Lo bien que me vendrían para la guardería. A estas alturas yo necesito poco, casi no tengo tiempo de gastarlo, pero los niños son una fuente de gastos inagotable. Y de la plaza de Profesor Titular ya ni hablamos, estoy en el fondo de una lista interminable de acreditados… A este paso me jubilo de Contratada Doctora. –Resopló negando con la cabeza mientras cargaba la agenda en el navegador para organizar el día.

-¡Menos mal que ya estás aquí! –dijo su becaria con voz temblorosa entrando a su despacho sin llamar–. El ordenador que controla la temperatura de los cultivos celulares se ha roto. No puedo controlar la temperatura y no sé si las células están aún vivas. ¡Dios mío, diez meses de trabajo tirados por la borda! –añadió haciendo aspavientos.

-¿No se puede recuperar el ordenador?

-Imposible, está muerto.

-Voy a comprar uno ahora mismo –replicó Olga agarrando el abrigo que aún no había colocado en el perchero.

*          *          *

-¡Miguel necesito un ordenador! Estoy desesperada, podemos perder el trabajo de un año y se va a la mierda nuestro proyecto de investigación.

El empleado de la tienda, amigo de la infancia, la contempló con la mirada fría mientras ordenaba cartuchos de tóner en un armario.

-Yo te entiendo a ti pero tú entiéndeme a mí. Cuando empezó el proyecto te vendí varios ordenadores y me apretaste el precio hasta casi tener que vender con pérdidas. Y luego me pagaron un año después, ¡un año! Llamé quince veces a la gerencia y recibí siempre la misma respuesta: “En cuanto haya liquidez le abonaremos la factura”. No quise hacer el confirming para no perder dinero porque el precio ya estaba muy ajustado. Ya sabes el resto de la historia, entre tu agujero y el de otros departamentos casi tengo que cerrar el negocio. ¡Yo me gano la vida con esto, no es una ONG! Así que, sintiéndolo mucho, no te vendo sin el dinero por adelantado.

Olga dio un hondo suspiro y sacó su tarjeta de crédito. “Mi marido me va a matar. Otra vez poniendo yo el dinero…”, pensó.

–Te he pedido perdón mil veces, ya sabes que la crisis lo fastidió todo… Cóbrate de aquí, ya recuperaré el dinero cuando sea.

*         *         *

Alicia, becaria de Olga, al borde de un ataque de nervios, comenzó a instalar los programas del aparato que controlaba la temperatura en el laboratorio contiguo a su despacho.

–Toma esta factura Andrés, la he pagado yo –informó al administrativo de su departamento.

–Marchando una factura a recuperar, pagada por el proyecto que diriges, ¿no?

–Exacto.

–Pues necesitas tres presupuestos para el ordenador, son reglas que pusieron hace unos meses.

–¡¿Qué?! ¿Tres facturas pide ahora el Ministerio?

–El Ministerio no, la Universidad.

–Pero si esto ha sido una compra a la desesperada, ya te lo he contado.

–Yo soy un mandado. No hago las reglas.

*          *          *

Olga se sentó frente al administrativo de su departamento tres horas después, exhaló un hondo suspiro y agitó dos papeles para llamar su atención.

-¡Las facturas! No veas lo que me ha costado. Ninguna tienda tiene exactamente un ordenador como éste. Además, mi amigo me hace los mejores precios, no necesito comparar.

–Ya te lo he dicho, yo no hago las reglas. Hace un rato tu compañero Daniel la ha tomado conmigo por un caso parecido. Yo entiendo que él está muy ocupado atendiendo a sus becarios y gestionando sus proyectos pero no puedo saltarme los procedimientos. ¡Qué más quisiera yo! Por cierto, pásate por el laboratorio. Hace un rato ha estado por aquí tu becaria contándome sus penas. ¡Vaya berrinche que tiene!

–Lo sé. Hay que ponerse en su piel, puede perder todo un año de trabajo de su tesis.

*          *          *

– ¡No consigo instalar el software! –resopló Leticia mirando angustiada a su directora de tesis–. Cuando compramos el equipo de control de temperatura la instalación la hizo el técnico de la empresa. Hay algo que no consigo arreglar.

–No te preocupes. Me saltaré la clase que tengo a la una en la Facultad de Medicina. Lo intentaremos juntas otra vez y seguro que lo conseguimos –Olga hizo de la necesidad virtud, lo suyo no era la informática sino las pipetas y los cultivos celulares, pero la situación mandaba. Sabía que Lucía había tenido varias ofertas de trabajo de industrias farmacéuticas. Sus notas eran excepcionales y podía dar el salto en cualquier momento cobrando más del doble. “Hago lo que puedo para cuidarla pero aquí las cosas funcionan así, no se pueden hacer maravillas”, pensó encogiéndose de hombros.

Una hora después Andrés llamó al laboratorio.

–¿Olga, eres tú? Me han llamado del vicerrectorado para decirme que no es aconsejable comprar un ordenador con el dinero del proyecto. Se está acabando el periodo de ejecución y no ven bien comprar ahora inventariable.

–Gracias por la información Andrés. Ya sabes que no he tenido más remedio. Que digan lo que quieran. ¡Yo ya no puedo más!

*          *          *

La instalación del software llevó toda la tarde. Leticia se fue a casa a descansar. Las células estaban vivas y Olga, agotada pero satisfecha por el final feliz del episodio, sin probar bocado desde el desayuno, bajó a la cafetería por un café doble para llevar. Se refugió en el silencio de su despacho. La sufrida abuela recogió los niños de la guardería un día más.

–Hola –Pedro asomó la cabeza tras dar unos golpecitos en la puerta. Su eterna sonrisa se dibujaba entre una espesa barba blanca–. Me han contado que has tenido un día divertido… Lo siento.

–Pasa Pedro –pidió Olga haciendo un esfuerzo por devolver la sonrisa. Pedro era el director del departamento, un buen tío que dedicaba el tiempo a ayudar y a animar a su gente–. Hoy se me puede aplicar el refrán de que a “perro flaco todo son pulgas”.

–¡Vaya, otra más! He estado con Daniel y con Ana esta mañana. Necesitaban que alguien escuchara sus quejas. Esta casa vive para la burocracia y la gente se está quemando poco a poco.

–Normal, somos humanos.

–Bueno, a ver cómo te lo digo… –Pedro tragó saliva y prosiguió–: el Inspector de Servicios ha estado hoy en la Facultad de Medicina. Han abierto un expediente y tengo que justificar tu ausencia. Sé por qué no has ido, así que ya se me ocurrirá algo. No es el mejor momento para decírtelo pero prefiero que lo sepas por si te llega algún papelote.

Un violento escalofrío recorrió la dolorida espalda de Olga. Se quitó las gafas y ocultó un sollozo entre las manos. Pedro le dio una palmadita en la espalda, fue su director de tesis y le tenía mucho aprecio. Les comentaba a sus más allegados en privado que Olga algún día daría el campanazo porque tenía un talento especial.

-No te preocupes, arreglaré esto aunque sea lo último que haga. 

 

 

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